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El charol y las muñecas, Martha Asunción Alonso Moreno

Martha Asunción Alonso Moreno nace en Madrid, el 23 de Mayo de 1986, ciudad donde ha cursado sus estudios de Filología Francesa y reside actualmente. En 2008, recibió el Premio Blas de Otero de Poesía de la Universidad Complutense de Madrid por su primer poemario publicado: Cronología verde de un otoño (Editorial Complutense & Servicio de publicaciones complutenses, abril de 2009).

Las muñecas

Las muñecas jugando en nuestra infancia,
canesú y romancero de acuarela,
el lustre en los zapatos, las verduras:

¡toca, toca los senos de oro de esta Barbie
travesti; corta la trenza azul de Pocahontas!

Hermana, yo lo recuerdo todo,
yo sigo estando enferma como entonces y gimo
en los recreos, cuando los niños justos
recuentan sus canicas con los ojos cerrados.
Así aprendimos nosotras la sed y la aventura,
la sombra del albatros nacido de una astilla;
así es como aprendimos, como somos.

Las muñecas jugando y el corazón de suave
poliespán, revuelo de eucaliptos y frambuesa,
tus primeras brazadas en Coruña:
aquello era vivir entre delfines.
Yo lo recuerdo todo,
hermana mía, tan rubia como fuiste;
el tutú y los peldaños que suben a Alemania,
predecir el destino con mazorcas azules.
Todo. Mira cómo aún se enciende la linterna
de los cuentos felices por los huertos.

Las muñecas de vidrio, compartidas,
volviéndose de barro cada noche:
¡dales nombres felices y sombreros de gnomo,
sigue sus piernas rectas hacia el cieno,
vístete de princesa como en junio!

Hermana.

Me pasaré esta vida comprándote un columpio,
pajaritos de hojaldre para llenar tu boca,
naftalina y merengue, un escalectrix…
(así es como heredamos las ganas de cantar,
aquello era vivir,
¡aquello era!).

Las muñecas
jugando a nuestra infancia.


Balada de los zapatos de charol

Siempre, después, llegaba el mes de mayo
con su carmín de grandes almacenes y soles
de revista – yo lo recuerdo todo
todavía, como si la memoria
fuera un don, el toque celta de una flauta verde,
lamparita de fieltro contra las pesadillas-.
Llegaba el mes de mayo y viajábamos al Congo,
domábamos serpientes en la selva;
probé en tus manos rojas los círculos del hielo,
tan lejos de Alabama.

Y tu falda de barro los domingos.
Eso sí era bailar. Mira las nubes.
Mancillar la tristeza pueril del bibliobús,
devorar hasta el fondo la taza de los cuentos.
Cuántos pájaros, mira, cuántos pájaros locos
desordenando el cielo en las murallas.

Yo lo recuerdo todo: taconea en mi vida
como ayer, muerde el pan que me quema en el costado.

¿Cómo podré olvidar?
Yo no quiero que mientas por nosotros,
que te muevas descalza por el mundo, sin charol
y sin duendes que te abracen en las fotografías.

Cuando tenga una niña, le compraré zapatos
de charol. Será tan parecida a como fuiste.
Hada de media tarde, ninfa de los leotardos
escoceses y las uñas mordidas,
yo sigo merendando tu misma tos de anciana
prematura, tu sombra de gaviota;
el polvo del tebeo y arrebol camuflados
entre libros de álgebra y latín.

Y el mes de mayo siempre por llegar.

Música del charol, siempre de estreno.

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